ROBERTO MÁRQUEZ: CINCO INSTANTANEAS

 

 Jorge Esquinca

 

                                                                                            1. Retrato del artista con pizarrón

 

 Es una mañana fría de diciembre. En los jardines de la universidad jesuita de Guadalajara flota una ligera bruma. Por uno de los andadores, vacíos a esa hora, se puede ver la silueta oscura del arquitecto Ignacio Díaz Morales que avanza envuelto de una gruesa capa de lana. Poco después, con paso ágil sube la escalera que conduce al piso donde está la Facultad de Arquitectura y se dirige al salón de clases donde, como todas las mañanas desde hace ya muchos años impartirá a su catedra. Intolerante, puntual, erudito, enamorado de la belleza, el arquitecto Díaz Morales despierta en sus alumnos sentimientos diversos y no pocas veces opuestos. Se Ie venera o se Ie teme, se Ie admira o se Ie rechaza. AI entrar en el salón en punto de las siete, cierra la puerta. Los alumnos deben estar alii y no permitirá que ingrese alguno retrasado. AI subir al estrado mira el pizarrón. Primero furtivamente y luego con más detenimiento. Alguien ha manchado el pizarrón con un dibujo. Molesto, el arquitecto lo mira mientras el silencio se congela en el aula. Es el dibujo de un ángel. Un ángel trazado con gis blanco. Su molestia inicial se transforma en leve asombro cuando nota que el dibujo está bastante bien hecho, casi a la manera de... Entonces se da vuelta y con otra mirada interroga a los alumnos. En el fondo del salón un muchacho se pone de pie. Es más bien pequeño, delgado y muy pálido. Lleva una larga melena rubia que pareciera ignorar cualquier comercio con un peine. Tiene los ojos pequeños y muy juntos, quizá verdes. La boca y la nariz son casi tan delicadas como sus modales. Viste, a pesar del frio, una camiseta de algodón, pantalón de mezclilla y calza un par de toscas y gastadas botas de minero. En su conjunto la figura recuerda a la del petit prince, el célebre personaje de Saint-Exupery, Salvo que este muchacho es demasiado tímido y a veces tartamudea un poco. Con otra mirada el arquitecto Díaz Morales Ie ordena que vuelva a sentarse y en ese momento decide cambiar el tema de su catedra -una larga disquisición sobre Le Corbusier- y hablarles de su pasión por Leonardo. Por aquel primer ángel que Leonardo pinto en un cuadro de Verrocchio. Estamos en 1978 y Roberto Márquez  tiene diecinueve años.

 

                                                                                           2. Portrait of the artist as a young prince

 

Conocí al Principito así Ie llamaban sus compañeros en la universidad- poco después, en 1980. A instancias del poeta Elías Nandino -una leyenda, pues, ya octogenario, era el único sobreviviente de Contemporáneos, generación de escritores que había influido de manera determinante en el desarrollo de nuestra literatura- di, a mis veintidós años, una "conferencia" sobre Arthur Rimbaud. Después de la charla, Roberto se acercó y conversamos. Me dijo que escribía poemas y que quería participar en las sesiones del taller literario que Nandino coordinaba y en el que yo comenzaba a tener una participación cada vez más activa. Nos caímos bien desde el principio y desde entonces, a través de los años y a pesar de los distintos avatares que han modelado nuestras vidas, hemos sido amigos. Esa misma noche me presentó a Ana Saldamando quien era entonces su novia y con la que casaría dos años más tarde. Ana, encantadora y discreta, puerto seguro y eje en torno al cual gira la vida de Roberto.

Las sesiones de discusión en el taller literario no se distinguían por su ligereza, había diferencias y, en ocasiones, fuertes disputas. Nandino asistía con regularidad y, a pesar de su natural  generosidad, era firme e incluso inamovible en sus principios. Rara vez tocaba la forma o el contenido de nuestros textos pero siempre que podía, entraba a fondo en los motivos de nuestra escritura, y cuestionaba la autenticidad de nuestra vocación.

Durante una de estas sesiones, Roberto leyó los borradores de un poema particularmente conmovedor. EI modelo de su texto era una joven prostituta -o el fantasma de una- a la que había dado el nombre de Fuensanta, como la amada, casta e inaccesible, de Ramón López Velarde. Todos elogiamos los aciertos que nos parecían hallar en el poema. Sólo Nandino permanecía inconmovible. Dijo que encontraba el poema demasiado bello, es decir artificial y por lo tanto, falso. AI concluir la sesión Roberto estaba visiblemente alterado, al borde de las lágrimas. Las palabras de Nandino Ie habían herido en el centro de sus orgullosos veinte años, Le propuse que nos tomáramos una cerveza y continuáramos la conversación en otra parte. Junto con un pequeño grupo de amigos fuimos a su casa. "Quiero ensenarte unos dibujos", dijo.

Roberto vivía en una casa semivacía al oriente de la ciudad. Recuerdo que había un par de mesas atiborradas de papeles, tubos de pintura, lápices de colores, pasteles, gouaches y acuarelas: algunos sillones y entre ellos un par de esculturas de yeso que Roberto había modelado durante su estancia en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara. Una de ellas representaba una joven desnuda, sentada en el aire, con la mirada dirigida hacia su sexo. Roberto nos contó que sus amigos pintores se divertían colocándola en el escusado. Luego nos mostró los "dibujos": desnudos femeninos, ángeles, algunos estudios anatómicos. Madonnas, más desnudos. Todos eran notables. Uno de ellos, que llamó especial mente mi atenci6n -Roberto me lo regalaría poco después y aun lo conservo- era una Madonna de rostro extático cubierta por una gran túnica coloreada muy a la manera de Gustav Klimt. Por entre los pliegues de la túnica asomaba una mana de largos dedos afilados que parecían crisparse sobre el manto y que ejercía, junto a la sutileza del rostro, un contraste violento y perturbador. Ahora, tantos años después, no me parece aventurado ver en esa imagen uno de los principios en los que se funda la obra de Roberto, hecha de fascinantes y oscuras correspondencias. Tal vez el mejor comentario lo hizo en esa ocasión Luis Fernando Ortega quien -junto con Felipe de Jesús Hernandez, Rafael González, Javier Ramírez, Sergio Cordero y Luis Alberto Navarro- asistía a ese breve muestrario de maravillas. "Es probable que esta noche hayamos perdido a un poeta, pero sin duda hemos ganado a un pintor". Dijo, si mal no recuerdo.

 

                                                                                           3. Retrato del artista con fantasma

 

Sin embargo, el ánima errante de Fuensanta no lo abandonaría tan fácilmente. "Ella, madre, noche, aclama multitud de pájaros desorbitados que respiran licor y beben aire, acarician sus dientes,  sus aretes, su vestuario inédito; algunos sueñan la brevedad del día, otros duermen en cuclillas junto al baño, pero todos ellos, al fin pájaros, vuelan en torno a la superficie blanda de los miembros vendibles." Tomo casi al azar esta estrofa del largo poema que Roberto publicó en el segundo número de la revista Campo abierto (julio de 1981) y en el que, gracias a las gestiones de Elías Nandino -quien había conseguido que el Departamento de Bellas Artes de Jalisco pagara la publicación- se concretaba nuestro primer proyecto editorial. En el directorio de la revista Roberto aparece junto con Luis Fernando y Javier como responsable del diseño. Además había realizado dos ilustraciones, para su propio poema y para uno mío: "Las zorras y el mar", en el que se describe el ritual lúdico y purificador de un grupo de prostitutas en una playa anónima. Los poemas se publicaban juntos, seguidos de un breve relato de Felipe de Jesús en el que con un lenguaje áspero y directo cuenta el asesinato de otra meretriz. Fuensanta y sus colegas fueron muy mal recibidas por quienes financiaban la publicación. Años después supimos que, por instrucciones directas del entonces secretario de Gobierno, el tercer y último-número de la revista apareci6 con un increíble retraso y casi no llegó a circular.

Fuensanta no se iba a quedar con los brazos cruzados. Hizo que Roberto reuniera en un cuaderno todos los poemas que Ie había dedicado y me exigió que escribiera el prólogo. Roberto la dibujó  en la portada y yo, en un par de cuartillas, alabe su belleza altiva y melancólica. Con la anuencia de Nandino la plaquette se imprimió en los desastrados talleres de Bellas Artes. Pero fue demasiado tarde, sin saberlo habíamos desatado a las Furias y la mayor parte de la impresión resultó contaminada por una rara lepra. Los pocos pliegos sanos se perdieron bajo un cerro de carteles, invitaciones y programas de conciertos. Con el tiempo la olvidamos. Roberto mismo la olvido.

 

                                                                                             4. Retrato del artista en cuarto menguante

 

"Cuarto menguante" era el título de un poema que Luis Fernando no se decidía a terminar. Como no lo terminaba decidimos robárselo para bautizar con él a la editorial que, con nuestros propios recursos, llevábamos meses soñando con echar a andar. Estábamos en 1982 y sonar era relativamente barato. EI consejo editorial lo integrábamos Adriana Díaz, con quien me había casado dos años antes y a quien se Ie debe, entre otros buenos oficios, la mejor administración de nuestros siempre escasos recursos. Rubén Orozco, Roberto, Felipe de Jesús y el mismo Luis Fernando, comenzamos con una colecci6n de libros de poesía, aunque prometíamos a los suscriptores otra de narrativa y una más de artes visuales. Roberto dibujó nuestro emblema. Una luna menguante que en su zona oscura mostraba un rostro más bien andrógino con los ojos en blanco. Juntos elegimos tipografía y papeles. Ingres Fabriano para las portadas y un papel amarfilado de buena calidad para las páginas interiores. Los tirajes serían de quinientos ejemplares. Roberto dibujaría las portadas. La verdad es que nos fue bien. Los primeros libros fueron acogidos con beneplácito por la crítica y, lo que puede ser -más raro aun, se vendían. AI año siguiente lanzamos una nueva tanda de poesía e inauguramos la colecci6n de artes visuales. En ella publicamos una carpeta con dieciséis dibujos de Roberto acompañados por poemas de sus amigos. Fue en esa ocasión que escribí el primero de los textos con los que he intentado establecer una suerte de dialogo con su pintura: "Instrucciones para dibujar al Ángel". Roberto había participado ya en varias exposiciones colectivas y la edición de Sitial de ángeles fue un buen pretexto para montar su primera muestra individual en la capilla del antiguo Convento del Carmen, un hermoso recinto que albergaba también las actividades del taller literario. Los muros de piedra de la capilla se cubrieron con ángeles que ofrecían la turbia inocencia sus pechos desnudos y perfectos, o que abrían la profunda herida sexual de su entrepierna mientras se entregaban a cópulas violentas, angelicalmente terrestres.

 

                                                                                            5. Retrato del artista con amigo distante

 

Durante estos años se estableció entre nosotros, más allá de la amistad, una verdadera cofradía cuya parte medular, aun en la distancia, permanece. Hubo entre ambos una suerte de reconocimiento espontaneo, de inmediata complicidad. Mientras yo lo iniciaba en la devoción de Rilke y Balthus el me descubría la pasión por Dante Gabriel Rossetti y los pintores de la hermandad prerrafaelista. Este continuo intercambio de fuentes, de piedras fundamentales, no se detuvo con su partida a los Estados Unidos de América en 1985. No se ha detenido. Hace un par de años, de visita en su casa de Nueva Jersey. Roberto me puso en contacto con una verdadera revelación, el Vespro delia Beata Vergine, de Claudio Monteverdi. La noche en blanco (1983), titulo de mi primer libro, Ie sirvió para nombrar su primera exposici6n individual en la Riva Yares Gallery de Arizona. No por mera casualidad pues, en ese delgado volumen, entre otros poemas, hay uno que alude a la pintura de Roberto en esa época:

 

Mientras aquieta la lluvia su murmullo,

sobre los portales nocturnos

 he visto una muchacha dócil encenderse

 cuando las precisas palabras

colman la fuente de su deseo.

La Lluvia permanece en su humedad

y la muchacha

-como si oficiara en un antiguo ritual-

se desnuda,

                    a solas,

y estira su cuerpo que se disuelve

como una pincelada blanca sobre la sabana.

 

La inmortal presencia de La Nina, ingenuamente perversa. "Flor de las fogatas", es una serie de poemas que dedique a Roberto y Ana en 1988. Lady of the Bonfires (Dama de las fogatas), llamó Roberto a uno de sus cuadros en 1990. Otros poemas: "Miura", "La perpetua infancia" y "Prosa de Inés camino al Cielo", fueron escritos expresamente para los catálogos de sendas exposiciones.

Varios óleos suyos han dado continuidad a este diálogo. En Memoria de la silla [cat. 62J -un cuadro de gran formato pintado en 1995- puede leerse íntegro uno de mis poemas inscrito directamente sobre la figura de una muchacha desnuda, de pie sobre el asiento. Augurios de 1984 es una carpeta que contiene tres grabados de Roberto coloreados a mano y tres poemas míos impresos en serigrafía. Juntos -con la ayuda y patrocinio de Cuarto Menguante- proyectamos durante meses esta edición de solo veinticinco ejemplares. Cuando imprimíamos los últimos pliegos nos "llegó la noticia de la súbita muerte del pintor Francisco Corzas, en la ciudad de México. Corzas es hoy en día un pintor casi olvidado por el que ambos profesábamos -no hemos dejado de hacerlo- una profunda admiración. Algunos cuadros suyos, particularmente aquellos en los que evoca con maestría ciertas atmósferas de Baudelaire, influyeron de manera importante en la pintura de Roberto y alumbraron con su sombrío esplendor mis propios poemas. No olvidare la noche en que, frente a una botella de tequila Herradura, decidimos, como un pequeño homenaje, dedicarle la carpeta.

En el comienzo de "Burnt Norton", el primero de sus Four Quartets, TS. Eliot describe en hermosos versos el tejido inextricable que conforma la sustancia del tiempo. If all time is eternally present-advierte- All time is unredeemable. AI intentar atrapar este misterio, Eliot roza la naturaleza misma de nuestras propias vidas. Somos apenas un destello -si es que algo somos- en una vorágine de sombras. A mitad de la noche, en la distancia, la amistad y la pintura de Roberto Márquez  me acompañan. Son un don, un regalo de lo que, siendo innombrable, nos nombra.

Ambas, estoy seguro, prevalecerán.

                                                                                    Jorge Esquinca

 

Published in the catalog for the exhibition “Fragmentos del Tiempo”  1997 Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey

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