ROBERTO MÁRQUEZ O LA FATALIDAD DE LOS CUERPOS

José Emilio Pacheco

                                                                                   I

Enigmas del castellano: nunca me he explicado / me han explicado porqué  mórbido significa lo mismo enfermo que delicado, suave. Represiva, hipócritamente se analogan enfermedad y deseo. La salud sería no desear, no buscar el placer, aun cuando el inquisidor-moralista sabe mejor que nadie que el placer es salud: nada codicia tanto como gozarlo.

 Hay en las obras que ahora presenta Roberto Márquez un común denominador que, para rechazar términos como perversidad o morbidez, llamaríamos deseante. Deseo carnal y deseo plástico. Placer de recordar o anticipar, placer de que aparezca en el lienzo o en la hoja lo que un minuto antes no existía: lo que no existiría sin la mano, la mente, los ojos, el cuerpo, el ser irrepetible del artista.

                                                                                   II

 Un pintor, valga la redundancia, trabaja con materiales materiales. Vive en contacto físico con ellos y a partir de esos elementos informes (que están allí en silencio, letras de un alfabeto sin palabras, esperando a quien los hará decir algo) construye/ crea/ inventa/ produce formas. Formas que dan placer a quien las mira, sí, pero en primer término a quien las hace.

   El disfrute de las artes, su íntimo goce, es un placer sensual: abarca la gama entera de los sentidos. De allí la incomodidad que provoca en muchas personas. "Me gustó pero no sé nada de pintura. Me gusto pero no sé nada de poesía".

El conocimiento nunca sale sobrando e intensifica siempre la capacidad de gozar una obra artística. Pero, ignorantes y todo no tenemos razón de avergonzarnos: somos el público. Para nosotros se pinta, se escribe, se compone, se toca, se representa, se construye, se esculpe, se danza.

                                                                                   III

  Un signo del mal social, de la morbidez (en el sentido de padecer enfermedad o causarla) de la historia es el haber reservado el aprecio y el prestigio para todos los que provocan dolor --el  gobernante, el militar, el juez-- y el desprecio para quienes nos dan placer.

  Roberto Márquez protesta sin decirlo contra esta aberración que soportamos resignados. El nunca invitaría a cenar a Napoleón pero se sentiría muy bien acompañado por Mozart. El arte, dirían ambos, es una de las felicidades de este mundo,  por eso lo queremos para todos.

                                                                                     IV

  Roberto Márquez reivindica el erotismo en la era de la pornografía. La pornografía es la desacralización industrial de los cuerpos y para Roberto Márquez los cuerpos son sagrados. Pocas pinturas tan corporales, tan físicas como la suya, que siempre representa cuerpos reales, no plastificaciones glamorizadas.

 Pinta inminencias y desenlaces. Deja el clímax a nuestra imaginación. No el acto, no el hecho, sino algo que ha pasado o algo que está a punta de suceder. Nunca sabremos en qué piensan los personajes de Márquez. Hay cuadros dentro del cuadro; hay espejos, retratos, y la nostalgia anticipada de lo que ahora se está viviendo. Uno se puede imaginar a Roberto Márquez a los cincuenta años, pintando en el impensable 2009 una obra a la que cavafianamente llamará "Días de 1984".

 La tierra de la imaginación que habita Roberto Márquez está llena de mujeres. Es un constante homenaje a la mujer. Inocencia del deseo o deseo de la inocencia, existe una infinita disponibilidad en estas obras. Todo ha pasado, todo puede pasar, todo está sucediendo. Por lo pronto ha ocurrido de nuevo ese milagro: la aparición de la auténtica pintura.

 

José Emilio Pacheco

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